EL OJO

 Encuentra un ojo en su ensalada César. Un ojo diminuto. Un ojo de animal que la observa entre las hojas tibias de lechuga. Piensa en una perdiz. Un ojo de perdiz. Por alguna razón. Y le vienen arcadas. Aparta el plato a un lado. No puede contenerse: vomita a chorros, devuelve por entregas, sobre el mantel, el vino, la ensalada... Escándalo de sillas y cubiertos. Alguien vuelca un florero. Un bebé llora. Todo el mundo la mira. Echa hacia atrás su silla e intenta levantarse, tropieza con la mesa (derramando su copa), se aferra como puede a su pareja, con uno de sus brazos, y al comensal de al lado, con el otro. Se acerca un camarero llevando un paño enorme, quizá sea una toalla: "Señorita... eh... señora..." Le vuelven las arcadas. Vomita sobre la pechera del camarero amable. "Yo...", musita, "Losientolosien... buaaargh..." La mente se le inunda de imágenes horribles. Ojos cobrizos de pájaro enfermo, palpitando como corazoncitos. Nidos de liendres cuajados de pelos. Cucarachas. Huevos de cucarachas en su ensalada César, entre el pollo y la anchoa, asomando en la salsa como culos de hormiga... La chica huye hacia el baño. Su novio la disculpa. No sabe qué... quizá sea la bebida... sí, tráiganos la cuenta... claro, entiendo, un desastre... Luego corre a buscarla. Llama a la puerta. Cariño? Qué ha pasado? Entra de todas formas. Y la encuentra en el suelo. Sobre un charco de vómito. Más vómito. Tiene la boca abierta. De entre sus labios -restos de salsa rosa y grumos de cebolla- asoman dos antenas, una especie de plumas que se agitan, y bajo las antenas, una cabecita, del cuerpo que la sigue nacen dos alas amplias, el doble de largas que el tórax del insecto, segmentado y velludo, que se detiene un instante sobre la lengua húmeda y luego echa a volar haciendo ruido: el chico suelta un grito mientras la polilla pasa justo a su lado y al momento se pierde en la penumbra amarillenta del pasillo.

"Laura? Laura, cariño, estás...?", se agacha junto a ella.

Pero Laura ni está, ni se la espera: sus ojos claros fijos en el techo, un hilillo de baba deslizándose sobre la comisura sucia de sus labios...

Carlos



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