Desde que tenía trece o catorce años, incluso antes, notaba ya cierta cualidad torpe en TODO el mundo (yo incluido), algo como forzado, falso, en todo lo que se hacía y decía por todas partes. Y nunca supe ponerlo en palabras. La verdad es que en principio sólo sentía vergüenza, sobre todo ajena. Me venía de repente al conocer a alguien. Era como una alarma que se encendía por dentro: "Gilipollas a la vista", me advertía. Y un estremecimiento de vergüenza (ajena) me recorría las manos y la espalda. Había -me parecía- muy poco alrededor que fuera genuino, verdadero, y en cambio un montón de copia, copia y copia en todo y todos: desde las actitudes diarias hasta el lenguaje. Todo era sólo fórmula. Todo era pura mímesis. Imitación. Vacío. La gente en todas partes, todo el tiempo, hablaba como hablaba el resto, se movía y respiraba, sonreía, exactamente igual que los demás. Las formulas manidas eran (y son) la norma. Incluso la gente original es y ha sido siempre solamente OTRA ...